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martes, 23 de abril de 2013

My Own Private Villalar



Hay, siempre ha habido, varias conmemoraciones del 23 de abril y maneras de vivirlo. Con la muerte de Franco y el advenimiento del juancarlismo, todos los pueblos de España reivindicaron sus señas de identidad y sus festividades exclusivas.
Vascos, catalanes, gallegos, andaluces…llevaban inventándose desde el s. XIX, la explosión del romanticismo y la invención de los nacionalismos, sus propias señas diferenciales. Paradójicamente, Castilla, una de las naciones artífices de España y motor fundamental de su creación, no tenía más señas de identidad propias que las comunes a toda España o las que “exportó” a toda. Ya desde el S. XIX, como dije en mi anterior entrada, y sobre todo a raíz del Pacto federal Castellano y del peregrinaje de Juan Martín Díez “el Empecinado” a Villalar para recuperar los restos de los héroes comuneros, el mito de las Comunidades de Castilla fue cobrando fuerza.

En llegando al S.XX la 2ª república convirtió a los Comuneros en adalides de la lucha por la libertad, añadiendo el color morado, supuestamente castellano-comunero a su bandera. Pero hubo que esperar a la transición para que la aldea vallisoletana de Villalar se conviertiese en la Meca de los diversos castellanismos que en el mundo han sido.
Villalar como emblema, como símbolo de unas libertades perdidas, Villalar idealizado. Villalar de todos los castellanos, del norte y del sur. En mi Madrid de fines de los 70, antes de que las camarillas políticas se sacasen de la manga el engendro autonómico, no  era difícil encontrar banderas de Castilla, banderines, llaveros, chapas…morados, rojos carmesí o de otros tonos bermejos.

El que esto escribe era apenas un niño en aquellos tiempos difíciles, peligrosos pero a la vez cargados de esperanza en el futuro, de ilusiones y sueños que no en pocas ocasiones romperían la aguja hipodérmica, el coche bomba o la navaja.

Villalar se veía como un sueño desde el sur del Guadarrama. Desde una plaza mayor que hasta bien entrados los años 80 coreaba “Castilla, entera, se siente comunera” en las actuaciones del Nuevo Mester de Jugalaría en los san Isidros de la “movida” y la post-movida.

Villalar era una quimera, un ideal, un lugar de peregrinaje al que tarde o temprano había que acudir. El “todos a Villalar” de las pegatinas moradas de mis primas sorianas. 
Lo de menos es que el neocomunerismo finisecular fuese en buena medida una mitificación. Todos los nacionalismos, regionalismos, todas las ideologías de la Humanidad tienen sus propios mitos, exageraciones, interpretaciones sesgadas y no pocas manipulaciones. Entre 1977 y los años 80 Villalar fue un símbolo, repito, de todos los que amamos esta tierra y nos dolía, nos duele y dolerá su abandono y destrucción.

Luego, amigo lector, la historia ya la conoces: el 23 de abril, fecha de la derrota comunera en la campa de Villalar,  secuestrado por el gobierno de la taifa castellanoleonesa (Duerolandia para los amigos) que lo convirtió en “fiesta regional” o “fiesta de Castilla y León”, cuando paradójicamente la rebelión nació y murió en Toledo (actual Castilla-La Mancha, a.k.a Quijotelandia), buena parte de los líderes y combatientes comuneros eran madrileños, toledanos y de otras provincias castellanas, y se unieron a la revolución ciudades de las actuales Andalucía, Extremadura y Murcia. Con esto no quiero decir que Villalar tengan que celebrarlo en toda la Corona de Castilla, pero sí que se debería haber respetado al menos a los castellanos “del sur”. Sobre todo cuando desde la Junta de Castilla y León y su “brazo propagandístico” en la Fundación Vilallar quieren reducir la gesta comunera a los límites de su artificial invento autonómico. Apropiándose del mismo modo de una bandera, la cuartelada, que nos representa por igual a castellanos, leoneses, gallegos, asturianos, extremeños, andaluces y murcianos. Ahí es ná. Y esta es la España de tarados, ignorantes y oligarcas que nos ha tocado vivir.

En cuanto a mi, mi propio Villalar es una sucesión de quieros y no puedos. Debí haber ido de joven, cosa que no hice, por diversas causas. Luego, el trabajo, el hecho de no ser festivo al sur del Guadarrama, la vida, el matrimonio, circunstancias diversas me fueron alejando de Villalar.
Dicen algunos de mis amigos que no me pierdo gran cosa. Que la actual celebración se ha pervertido, no sólo por su condición de “verbena duerolandesa” sino por su falta total de contenido, quedando reducido su papel reivindicativo a algunos oradores, algunas casetas de partidos castellanistas (los menos) y algunas actuaciones musicales de interés.

Villalar, donde los mismos que han traicionado y vendido a CASTILLA entera pasean su palmito. Esos PPSOE, IUs y demás políticos a los que nuestra tierra y nuestro pueblo les importan un carajo. Esos que en el norte planifican la destrucción de la naturaleza mediante fractura hidráulica o minería destructiva. Esos mismos que en el sur nos venden por 30 monedas (colaborando con el expolio hídrico del Tajo, o con la traída de la mêrde nuclear de todas las Españas). Esos mismos que en Madrid presumen de falta de identidad y de vivir en una burbuja al margen de las provincias vecinas.

Sí, quizá no  me pierda gran cosa. Quizá debería tomar una máquina del tiempo (en vez de un Delorean un R5 rojo con pegatina de Comunidad Castellana incluida) y viajar a los 70, o mejor a los 80, en que todo era más sencillo, todo era más puro. 

Y quizá, como Moisés, tras esta larga travesía del desierto, el Señor me castigue por mis incontables pecados y no llegue a ver la Tierra Prometida.



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