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domingo, 12 de mayo de 2013

De nacionalistas con boina, héroes del teclado, y otras mixtificaciones.

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Imagen tomada de: Partido Castellano


“…aunque quedemos un puño, hasta el fin combatirá. Que nunca nos diga el pueblo que nos echamos atrás. SI LA SUERTE NOS FALTARA, EL VALOR NO HA DE FALTAR” (de el Poema de los Comuneros, Luis López Álvarez)


Ayer nos congregamos en Valladolid un puñado de patriotas. Sí, llamemos a las cosas por su nombre. Un puñado de personas que aman a su tierra, sus campos de trigo y vides, sus pinares y encinares, sus montañas, sus ríos, sus gentes austeras y sencillas, sus tradiciones, su folclore. Un puñado de castellanos a los que les duele la agonía de un país que llegó a dominar no sólo la península, sino medio mundo. Un país que vé cómo sus hijos tienen que emigrar, sus pueblos se convierten en geriátricos, su patrimonio artístico se cae a pedazos, sus recursos naturales son expoliados por intereses extranjeros, sus provincias son objeto de proyectos devastadores para el medio ambiente (fractura hidráulica, minería agresiva). Un país en el que el agua de uno de sus principales ríos, en vez de regar sus antaño feraces riberas, se va a tierras levantinas para que sean otros los que se desarrollen. Ayer nos congregamos en Valladolid un puñado de patriotas. Esto no debería ser noticia excepcional, pero lo es.

Evidentemente, no hablo de España, las Españas, la España total que también me duele y que ha resultado ser una hija malcriada y desagradecida, una hija  que se droga, se aprovecha de la paga que le dá Mamá Castilla, la insulta, apalea y encima se queja de la mala educación recibida. Hoy no toca hablar de España. Hoy toca hablar de una de sus partes, parte fundamental, ninguneada, negada en su identidad, colonizada y víctima de un genocidio cultural. Hoy no toca hablar de España, de España se habla todos los días, de Cataluña o el País Vasco se habla todos los días, de Andalucía o Galicia se habla muchas veces. 

De Castilla no se habla nunca. Ni siquiera existimos. En una ocasión, me preguntó un primo de mi mujer, andaluz, qué sentido tenía un nacionalismo/regionalismo castellano, que de quién nos queríamos separar. Yo, sinceramente, hay días que querría separarme del resto de la ciudadanía española. Pero no, nosotros no queremos separar. Todo lo contrario. Queremos reunir lo que durante siglos fue una misma entidad jurídica, social y cultural.

Queremos desfacer los entuertos de nuestra Historia reciente. La Historia ha sido injusta con muchos pueblos: con unos kurdos que se vieron repartidos entre países hostiles, unos armenios casi exterminados, unos húngaros a los que se les quitó la mitad de su territorio, etc etc y etc. Pero hablamos del pueblo castellano: el que ha dado (y sigue dando) todo por España, cuyo blasón aparece en el primer cuartel del escudo de todos los españoles,  cuyo idioma se habla en cuatro continentes, que sacrificó sus bosques para la construcción de los barcos que cruzaron la mar oceana y para pasto de los rebaños que proveyeron de lana a media Europa. Ese pueblo castellano, ni se le reconoce como tal, ni se le espera. 

Los irlandeses estuvieron a punto de ser borrados del mapa por el imperio británico, que les abocó al hambre y la emigración, pero hoy día todo el mundo les conoce, su música popular ha conquistado a millones de personas, su identidad está más viva que nunca, en Limerick, Londonberry o Boston. Los escoceses se quejan amargamente de vivir sojuzgados por sus vecinos ingleses. Pero todo el mundo conoce el timbre de la gaita escocesa, las telas de sus kilts, el misterio de sus castillos y lagos, o la gesta de William Wallace.

Los castellanos, gracias a una labor de genocidio cultural sin parangón en toda Europa, en muchos casos ni se sienten castellanos. Nuestra identidad está siendo borrada con los medios más diversos: con el mestizaje intercultural (que no multiculturalismo), con el nacionalismo español, español, español (un cutrespañolismo torrentiano de torito de Osborne y selección, devoto no de “Frascuelo y de María” sino de Iniestas y FernandoAlonsos). Borrada en el norte por un provincialismo disfrazado de nacionalismo y basado exclusivamente en la mitificación de un pueblo prerromano exterminado por Roma y una identidad construida sobre la tenencia de vacas y un dialecto asturllionés. Por no hablar de los diversos señoritingos: los que desde la prosperidad que da la agricultura vitivinícola y la horticultura o desde la prepotencia de la capitalidad del Reino, desprecian cuanto ignoran (qué Machadiano estoy) y desprecian fundamentalmente a una Castilla que identifican, ora con lo rural y lo paleto, ora con gestas históricas pasadas.

Colonialismo interior, un pueblo que ha perdido el orgullo (y los huevos), una ciudadanía que sólo se moviliza por el fútbol o un concurso de televisión. ¿ No son motivos suficientes para reivindicar ? Amo a mi tierra. No me da vergüenza. Conocí el mediterráneo de adolescente. Mi infancia transcurrió en lás riberas del Eresma, del Tajo y del Henares. Entre trigales, casas de adobe y piedra, entre el olor del ovino y la música de los chopos. Ya soy demasiado mayor para cambiar. No pido a nadie que me entienda o comparta mis sentimientos. Sólo pido respeto. No se me respeta ni a mi ni a mis padres y abuelos, que tanto amaron estos ríos, estos campos, y ciudades ingratas como Madrid.  Los mismos que se reconocen en su idioma gallego o en sus tradiciones andaluzas ridiculizan mi identidad y no respetan mis creencias. Ya estoy harto, y voy a obrar en consecuencia. No voy a perder ni un minuto de mi tiempo con quien no quiere ver más allá de sus prejuicios. Que me dejen a mi con los míos. 

¿Soñadores transnochados, “nacionalistas con boina”? Si ser nacionalista es ver con dolor la decadencia y el abandono de la tierra de tus antepasados, entonces lo soy. 

Si ser nacionalista con boina es indignarse al ver cómo tus propios paisanos renuncian a defender sus raíces, cómo se disfrazan de rocieros y acuden a ferias de Abril mientras ridiculizan o ignoran sus propios bailes y tradiciones, lo soy.
Si ser nacionalista con boina es estar hasta los mismos de esos tontos útiles del sistema que se sienten  “ciudadanos del mundo” mientras el agua de su casa viene de Guadalajara (Sorbe), comen pan elaborado con harina de Aranda y comparten medio físico e Historia no con el Senegal, sino con otras provincias mesetarias, lo soy. 

Si ser nacionalista con boina es tener que enfrentarme con esos que hablan de acabar con las fronteras en el mundo mientras aplauden unas estúpidas fronteras entre Meco y Azuqueca o entre Valdemoro y Seseña, lo soy. Esos queridos y entrañables ciudadanos tan abundantes en Madroñistán, escandalizados porque muchos catalanes no se sienten españoles, mientras ellos no se sienten castellanos (la paja en el ojo ajeno)-Sois muchos, puede que seáis mayoría, pero sois  o tontos útiles, o ignorantes, o malintencionados, o hooligans de unos y otros, o nacionalistas españoles de la peor especie (1)

En fin, que ayer nos congregamos un puñado de personas hartos de todo esto. Pocos, incluso algunos con visiones ideológicas y/o territoriales antagónicas. Unidos por una tierra que agoniza. 14, 17, 11 ó 19 provincias.  Ante una situación de ninguneo total, hay que resistir. Resistir para existir. Y mañana discutiremos todo lo demás. Si es que hay mañana para nuestra gente y para nuestra identidad. 

Críticos y enemigos tenemos en cada esquina: desde el hooligan gallego que baja a la meseta a insultar y faltar, hasta el cateto manchego, burgalés o segoviano que no se habla con el de la provincia (o el pueblo) de al lado.  Desde el prepotente valenciano que dice que habría que bombardear todo el interior peninsular, exterminarnos y dejar la meseta como reserva de agua dulce para sus huertos hasta el provinciano que culpa de todos sus males a Pucela, a Toledo o a Madrid. Desde el montañés o el riojano que preferirían una trepanación sin anestesia a considerarse paisanos de uno de Burgos o Soria. Desde el señorito cosmopaleto madrileño que cree vivir en el centro de Manhattan en vez de en el centro de la meseta, hasta el panmancheguista que niega la identidad de la Alcarria de Guadalajara, la serranía de Cuenca o el resto de comarcas del sur.

Pero los peores, los lastres interiores: esos que dicen llamarse castellanistas, pero nunca apoyan o vienen a nada (“es que esos hablan sólo de Castilla y León”, “no, es que el acto es de los pancastellanistas”, “no me junto con carreteristas”, “es que los de ese partido me caen mal”, “yo con vosotros, no me voy ni a por vino”…). Todos esos castellanistas de teclado que elaboran mapas y sesudos tratados sobre las comunidades de villa y tierra y son incapaces no ya de desplazarse a 30 km. de su pueblo, sino de colaborar en una página de internet . Todos esos que ponen pegas a todo mientras otros damos la cara en la calle arriesgándonos a que nos la partan un día (ayer estuvimos muy, muy cerquita). Luego están esos que se desplazan cientos de kilómetros para celebrar  el primero de mayo en Madrid mientras un sexagenario de Cuenca se desplaza cientos de kilómetros para reclamar un futuro para el medio rural de su “autonomía”.

Puede que seamos la última trinchera, si nadie nos da el relevo. Puede que estemos haciendo muchas cosas mal. Puede que la música folclórica castellana ya no atraiga a la gente (¿qué opción nos dáis? ¿qué pongamos sevillanas en un acto del PCAS? ) Sin duda muchas cosas deberían cambiarse. Pero desde luego nunca se nos podrá echar en cara que nos quedamos en casa. Ayer , en Pucela, hubo más seguidores del Deportivo de la Coruña que castellanistas en las calles de Valladolid. Y eso debería darnos que pensar a todos. Y no sólo que pensar, sino de salir a la calle a darlo todo.

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(1) el nacionalismo español que dice defender a España y su unidad mientras desprecia e insulta a diversas de las regiones que la componen. Vamos, esos imbéciles que dicen amar al todo, pero odian alguna de las partes.

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