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miércoles, 30 de abril de 2014

Sin raíces no hay futuro

“El primer paso para aniquilar un pueblo es borrar su memoria. Destruir sus libros, su cultura, su historia. Y después pones a alguien para que escriba nuevos libros, para que elabore una nueva cultura, para que invente una nueva historia. En poco tiempo la nación empezará a olvidar lo que es y lo que fue”. Milan Kundera, El libro de la risa y el olvido (1979)

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Lo primero que hacían los esclavistas en los barcos negreros era prohibir a los esclavos bailar sus danzas, hablar su idioma, profesar su religión. Para esclavizar a un pueblo un paso fundamental es eliminar su identidad, su conciencia colectiva, sus raíces.
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Eso han hecho con Castilla. Llevan décadas ridiculizando nuestra cultura, menospreciando nuestro folclore, llamando “paleta” o “medieval” a nuestra idiosincrasia e Historia.
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Lo peor del s. XX no ha sido la división administrativa de Castilla en 5 entes administrativos a cual más ridículo.

No. Lo peor es que han borrado nuestra identidad, nuestro orgullo, nuestra memoria.

Han reinventado nuestra Historia. Nos han hecho sentirnos “españoles a secas” o “ciudadanos del mundo” o cualquier cosa menos lo que somos.

Y así nos va.

“…Quien sabe si las cigüeñas han de volver por san Blas, si las heladas de marzo los brotes han de llevar…”

PalabraTabú

jueves, 24 de abril de 2014

15 AÑOS. In memoriam Vicente Hernández Blanco

15 años ya sin ti. Poco más que añadir. El 12, el aniversario de la abuela. El 24, el tuyo.

Buena parte de lo que soy te lo debo a ti. Y eso nada ni nadie lo podrá cambiar. Siempre formarás parte de nuestras vidas, papá.

 

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sábado, 12 de abril de 2014

Abuela Victoria 1898-1997

ABUELAVICTORIA

Victoriana Serrano Blanco vino al mundo en el emblemático y convulso 1898.

Descendiente de varias generaciones de “gatos” (1) y de cultivadores de azafrán de Quintanar de la Orden (Toledo).  Su padre era militar y su sufrida madre se dedicaba a tener hijos. Trece tuvo, y en el parto del último perdió la vida. Mi abuela y sus doce hermanos quedaron al cargo de su padre que casó en segundas nupcias. Su madrastra nunca les trató bien, ni a ellos ni a su propia hija.

Así que podemos decir que la infancia de mi abuela materna no fue feliz, ni sencilla.

Ya de joven conoció a mi abuelo, empleado de banca con inquietudes políticas y preocupado por la Justicia Social. Se casaron, tuvieron cuatro hermosos hijos, a los que empezaron a criar en el madrileño barrio de Argüelles, hasta que llegó la 2ª república y la guerra (in)civil.

Tras el desenlace de la misma mi abuelo materno, defensor idealista y honesto del bando republicano se vio abocado al exilio. Mi abuela quedó en España con sus hijos, tras diversas vicisitudes (la guerra, al estallar en verano, sorprendió a mi madre en zona nacional/El Burgo de Osma, donde conocería a mi padre; el resto de la familia estaba en zona republicana, pero separados también).

La dura postguerra y el ser “viuda” de un “rojo” no fue un camino de rosas. Pero como tantas mujeres y hombres de aquellos tiempos difíciles, supo salir adelante. Luchando mucho y sufriendo.

Cuando yo vine a este mundo, ella ya era mayor. Siempre la conocí anciana, pero una anciana longeva y con una vitalidad y salud envidiables.

Siempre la recordaré en su habitación: mantas de ganchillo, cuadros de tiempos pasados, sillón de orejas y quina santa Catalina. O con su bastón, paseando por el barrio y hablando con unos y otros.

Llegó a celebrar los 90 años en compañía de sus hijos, nietos y bisnietos. Y ya se veía celebrando los 100 cuando a los 99 años una repentina afección respiratoria la recluyó en la vieja casa familiar en la que se crió toda mi familia y yo mismo. Ya no volvería a salir por su propio pie. Sus cenizas fueron esparcidas, siguiendo su voluntad, sobre un lugar indeterminado de la cuenca alta del río Manzanares.

Hoy hace 17 años que mi abuela materna nos dejó. Pero todavía la recuerdo. Y sus demás nietos seguro que también. Y pienso en la vida que tuvo, quizá no la que quiso, pero sí que supo pelear por los suyos y sacarlos adelante ella sola.

Descansa en paz, abu, sé que algún día nos volveremos a ver.

(1)oriundos de Madrid

Recetas de nuestras madres

Se van perdiendo los viejos usos, las viejas tradiciones. Por ejemplo: en los grandes almacenes, en la publicidad, en cualquier parte se ha instaurado el tuteo. 
Siempre recordaré de niño las indicaciones en el  metro, o en cualquier lugar, o en la publicidad, o en cualquier medio escrito dirigido al español indeterminado: “TENGAN cuidado para no introducir el pie entre coche y andén”, “COMPRE lejía X, limpia más”, etc etc. Ahora en cambio, todo es: “ESPERA tu turno”, “RECOGE tu tarjeta en el Consorcio Transportes”… A los modernos de todo tipo y a los snobs, que hoy día no olvidemos son mayoría, todos estos cambios les parecen estupendos. El progreso, lo llaman. 

La buena educación, los modales, los protocolos sociales van cambiando. Algunos para bien, pero muchos otros para peor.

Ya me voy apartando del tema, que no es otro que las tradiciones que deberían perdurar. Y en concreto las gastronómicas.

Los usos y costumbres tradicionales van desapareciendo. Afortunadamente, aún quedan personas en las sucesivas generaciones  que se han ido preocupando de conservar parte de sus raíces, de no perder del todo su folclore, la cultura popular de sus mayores. Claro que los tiempos cambian, es ley de vida, y no podemos querer vivir como vivían nuestros abuelos, sin agua corriente, sin internet, sin televisión.

Hasta ahí de acuerdo. Otra cuestión es la nostalgia de ciertas cosas buenas, de cosas mejores del ayer, que ya no volverán. Incluso de cosas objetivamente peores pero provistas de una extraña belleza, de una poética sólo comprensible por ciertos sujetos de mi generación, una generación que hizo de puente entre una España vuelta sobre sí misma y una España “moderna” e internacional.

Esos viejos bares con mostrador de zinc, como el 21 de Princesa, las frascas de vino y el olor a serrín y boquerón en vinagre. Los autobuses Pegaso de la EMT de Madrid, con sus conductores y cobradores uniformados (es curioso, el gusto por los uniformes que tienen todos los regímenes totalitarios. Tanto en el III Reich como en la España franquista toda profesión o función pública tenía su uniforme específico, en el que quedaba claro el sistema jerárquico. Desde barrenderos a ferroviarios, desde taxistas a conductores del metro, todos uniformados. Con orgullo gremial o de oficio. Ya vuelvo a divagar. Retornemos) .


Todos, en mayor o menor medida, tenemos asociada nuestra infancia y nuestro propio ser con ciertos aromas, ciertas canciones, ciertos sabores. Sabores e imágenes de guisos hechos con amor. Esos platos cuta elaboración pasaba de madres a hijas. Esas croquetas, albóndigas, purés, lentejas….todos esos platos de nuestras madres.

Esa cocina casera que nunca encontrarán en la guía Michelín o que los snobs nunca degustarán en los restaurantes de Ferrán Adriá.

Aún quedan, quedamos, personas, “cocinillas” y "cocinillos" que estamos interesados en que esa parte tan importante de nuestra cultura, que esa parte tan importante de nosotros mismos no se pierda. 

Ciertos sabores no volverán tal cual, del mismo modo que ahora los grupos de música “revival” no pueden reproducir el sonido de los 60, que sólo era posible con esos medios y esos instrumentos. 

Con los ingredientes actuales esos sabores, adulterados de una u otra manera, no son posibles de reproducir tal cual. No con las nuevas tecnologías (vitrocerámica, inducción, microondas…) que tanto nos facilitan el yantar. Ni le podremos dar ese toque especial de nuestras abuelas y madres.

Por todo esto, desde que me independicé y empecé a añorar aquellos buenos y entrañables momentos a la mesa, empecé a recopilar de primera mano esas recetas y maneras de hacer tradicionales. Primero, de la mano de mi madre. Y en estos momentos, por mediación de mi Santa, con los testimonios de suegra, tías y otras personas de avanzada edad.

Mi intención es ir publicando alguna de esas recetas para que puedan ser de conocimiento y disfrute general.

Mientras tanto, no olvidéis: la vida es breve. Apreciad lo que tenéis, y a quienes están a vuestro lado, porque nada dura para siempre. Escuchad con respeto a vuestros mayores, respetad a vuestros padres y transmitid a vuestros hijos nuestra cultura.



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