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viernes, 31 de octubre de 2014

Noche de difuntos

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Esta es una de las noches más sagradas del año.

Una noche que debería ser de recogimiento y de recuerdo de los que ya no están en esta dimensión material. Por más que desde hace años haya ido calando en nuestro país la celebración “importada” del Halloween.


Aunque, en descargo de este, sólo haré un par de matizaciones: 1ª que parece ser que parte de sus rituales e iconografía (dulces, calabazas, etc.) ya estaban presentes en diversos territorios peninsulares, como es el caso de las tierras castellanas (a este respecto os remito al blog “Descubre Castilla” que tiene una interesante publicación sobre esta noche en nuestras tierras) y 2ª que los orígenes del Halloween norteamericano son también tradicionales, hundiendo sus raíces en Irlanda y otros puntos de la vieja Europa en rituales celtas del Samhain, la noche en que los muertos regresan al mundo de los vivos.

Dejando a un lado esos dos atenuantes, el Halloween, tal como lo conocemos hoy día no es más que una burda caricatura de esas celebraciones, un carnaval profano y un ejemplo más de cómo en Europa, y muy particularmente en las Españas nos dedicamos a importar preferentemente todo lo malo de los EEUU.
 
Aquí lo tradicional eran las Calbotadas o castañadas, las representaciones de don Juan Tenorio, las lecturas de la noche de Ánimas de G.A. Bécquer, los buñuelos y huesos de Santo, el recordar a los difuntos a los que al día siguiente se iría a “visitar” al Camposanto.
Pero claro, en España, y sobre todo en la España interior y urbanita, que exalta todo lo moderno (aunque sea una boñiga de vaca envasada) y reniega de cualquier tradición, no podíamos menos que ser unos borreguitos que siguen las modas que llegan desde Hollywood y las pantallas chicas de los televisores.
 
 
Y así, de unos años a esta parte, nuestras calles y plazas se llenan de tiernos infantes disfrazados de terroríficos seres, pidiendo caramelos por las casas y diciendo eso tan castizo de “truco o trato”. Por no hablar de los no tan pequeños que acuden a fiestas del Jalogüin sea disfrazados de brujas, dráculas o fantasmas de medio pelo.


Se ha sustituido la noche de difuntos por la noche del terror del gran parque de atracciones en el que se ha convertido nuestra Sociedad occidental. Y aquí, que somos más papistas que el Papa, con mayor delito. Al fin y al cabo los americanos son como son, pobrecicos, y esta es una de sus tradiciones, degeneradas y convertidas en una pantomima propia de Disneylandia, pero tradición al fin y al cabo. Pero aquí…



He de entonar el mea culpa. Y para que no se me acuse injustificadamente de carpetovetónico y antiguo, yo también caí en el reverso tenebroso ese. En mis años mozos y underground/malasañeros llegó la moda a Carpetania. Locales del submundo, tales como el Templo del Gato o el Agapo se llenaron de calaveras, calabazas, sombreros de bruja y mostruos diversos. Los Sonics sonaban por los altavoces, mientras en las pantallas de los televisores de los locales se podía ver a Screaming Jay Hawkins. Estuvo bien. Era divertido. Y nos parecía trasgresor, frente a la aburrida cultura tradicional de nuestros mayores. Eran los locos 90.
Lo cierto es que siempre me ha gustado disfrazarme, y también todo lo relacionado con el terror clásico, la literatura romántica, lo macabro, el lado oscuro de la vida, los monstruos de la Universal, el expresionismo alemán, etc. Etc. Por lo que también me dejé llevar por las simpatías hacia el carnaval laico y mostruoso, llegando a participar en los famosos conciertos de Halloween del Siroco (caramelos Zombie, ¿recuerdas, Hernán’?)
 
 
Pero el tiempo pasa, pasa la juventud, y los años te traen, no sé si sabiduría, pero sí una visión más total y con mayor perspectiva. Algo bueno había de tener el envejecer.


Y llega un momento en que empiezas a perder a seres queridos, y a plantearte las grandes preguntas sobre la vida y sobre la muerte.
 
 
Y ves en su perspectiva el Jalogüin actual como lo que es: otra banalización Made In U.S.A. de algo que era profundo y sagrado. Como han hecho con la Navidad (en España, nacimiento de Jesús o Solsticio, tanto me da; Reyes Magos, leyenda enraizada con la Natividad y la Epifanía. Belenes, representaciones a escala de ese supuesto Belén de Judá ; versus EEUU, Santa Claus, extraña degeneración de San Nicolás, vestido de rojo a causa de la Coca-Cola, Grinchs y duendes varios )

Se me podrá decir que he perdido el sentido del humor (quien me conoce sabe que no es así), etc. etc.

Lo cierto es que he llegado a la conclusión de que no todo vale en la vida. Que no todo es objeto de broma, burla o fiesta. Y que la noche de difuntos es algo sagrado, serio, y como tal debo tomarlo.


Así que no voy a ser yo quien critique a quien se disfrace esta noche y haga el mamarracho. Allá cada cual, yo también lo he hecho hace pocos años.

Pero esta noche y mañana recordaré a esas personas queridas y perdidas (espero que no para siempre). Y, siguiendo una vieja tradición pagana, encenderé tres velas: una por los familiares y amigos difuntos, otra por los antepasados, y la otra por los dioses (en mi caso, aunque católico paganizado, esa tercera será para pedir la intercesión de los Santos).

Y si es posible, volveré a ver el Tenorio y a leer el Monte de las Ánimas de Bécquer.


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