martes, 7 de febrero de 2023

La Segunda: aún no es abril, pero me acordé de ti


April, come she will
When streams are ripe and swelled with rain
May, she will stay
Resting in my arms again
June, she'll change her tune
In restless walks she'll prowl the night
July, she will fly
And give no warning to her flight
August, die she must
The autumn winds blow chilly and cold
September, I'll remember
A love once new has now grown old
 


Pensé en su día dedicar uno de mis cuadernos de Pop y Rock ( y Folk Rock) a mis admirados Simon & Garfunkel, ángeles hebreoamericanos de un Nueva York de contrastes brutales. Luego me percaté de lo colosal de la empresa, y pensé en centrarme en varios Lps emblemáticos. Y así empezaré por ese álbum que marcó un antes y un después en la historia del Folk Rock y de buena parte de la música popular: Sounds of Silence. Pero, como diría Aragorn, hoy no es ese día

Hoy me voy a detener en una de esas joyas del Lp, una sencilla delicia que sintetiza lo mejopr del talento de Paul Simon como compositor y como poeta urbano de los años 60 del siglo XX.
Una joyita intitulada “April, come she will”, que llegué a adoptar como propia y a copiar a mediados de los 80 en una de mis composiciones/poemas favoritas: Octubre llegará.

Trascurre esta deliciosa tonada entre los meses de Abril y Septiembre. En Abril, ella vendrá. En Mayo permanecerá. En Junio , su melodía cambiará. Y en Julio volará. En Agosto su presencia morirá. Y en septiembre, un amor que fue nuevo pero envejeció, un amor efímero, habré de recordar-

Caprichos de la vida: si cambiamos abril por octubre mayo por noviembre, junio por diciembre, julio por enero , agosto por febrero y septiembre por marzo tendremos la historia de uno de mis amores, el más real pero a la vez el más ideal. 

Simon, esto es solo el comienzo. En breve vamos a por los Lps  



la Primera. De el pequeño comercio, el tiempo y las personas "normales"




Un día eres joven y al poco tiempo te sorprendes disfrutando de los catálogos de muebles de una tienda de barrio. El tiempo pasa y los objetos, muebles e inmuebles, sufren el paso del mismo y el desgaste y encima cuando en una casa conviven primates y felinos, tan amigos de dejar su huella en forma de zarpa por doquier. 


El caso es que ayer estuvimos encargando unas sillas y una mesa para el salón-comedor, ya que las que tenemos desde principios de siglo están casi para el arrastre (las sillas, la mesa aún puede tener una segunda vida, pero es demasiado grande para un salón multi-función en el que se teletrabaja).


O sea: estuvimos en una tienda de barrio, especializada en muebles del hogar. Cuando el que esto escribe era más joven, lo normal era comprar las frutas y verduras en la frutería, el material eléctrico y para los arreglos caseros en la ferretería, las bobinas de hilo y material de costura en la mercería, o los libros y el material escolar en la papelería-librería.


¿Que a qué viene todo esto? Bien, volvamos a la tarde de ayer. A esa tienda de barrio de toda la vida, especializada en muebles de calidad y una esmerada atención al cliente. Como era TRESAS, la tienda en la que mi hermana la primogénita dejó su vida, o como era Páez, la librería por excelencia. O tantos y tantos comercios desaparecidos.


Lo normal en estos tiempos que corren es que el trabajador promedio, con poco tiempo y menos ganas, encargue sus compras y servicios por internet o en grandes comercios. No voy a ser yo quien me oponga, como trabajador que soy de un servicio on-line y de un gran almacén. Pero hay artículos que, sinceramente, prefiero adquirir en los cada vez menos numerosos pequeños comercios. Sobre todo cuando son compras que uno quiere que duren años. La atención personalizada, el servicio postventa, el trato tan familiar a veces, las sabias recomendaciones…. no las vas a encontrar en la famosa tienda sueca de maquetas de muebles escala 1/1. Y así con todo. En la tienda de ayer, negocio familiar y “de toda la vida”, no tenían prisa. Nos asesoraron, informaron de los pros y los contras de cada producto, de la idoneidad de este o el otro para tal o cual espacio. Sí, posiblemente sea un poco más caro, e incluso molesto, el tener que mover el trasero del asiento y acudir al comercio de barrio.


Lo normal ahora es pagar a un multimillonario “amazónico” para que pueda pagar su turismo espacial. Lo normal. Pero yo prefiero ayudar a que unos autónomos, sufridos autónomos, columna vertebral de este país, puedan seguir sobreviviendo.


Lo normal ahora es ahorrarse unos euros comprando en tiendas de ciudadanos orientales (dicho sea sin ápice de racismo o xenofobia, líbreme Dios) para contribuir al hundimiento de nuestro vecino “de toda la vida “. Lo normal para muchos es ni siquiera pasar por la caja de los grandes centros comerciales sino acudir al autopago. Lo normal. Lo normal dentro de unos años será comer larvas y artrópodos varios para que la élite pueda seguir dándose la gran vida mientras nos culpan a usted, a mí, a los ciudadanos de a pie o de a utilitario de todos los males del planeta. O del cambio grimático. 


Precisamente, hablando del clima, hoy estoy encantado con el tiempo. He sentido que se había quedado un día estupendo, qué rarito soy. Lluvia, viento, neblina. Pero querer lo natural hoy en día no es normal. Lo normal. Lo normal es que la gente considere “buen tiempo” a un sol constante, calor y sequía, sea febrero, mayo o noviembre. A salir en manga corta por el pan a principios de febrero. Pues mire usted, como que no. El otro día lo hablaba con mi viejo amigo Manuel, otro “rarito” como yo. Él también es de esos a los que nos gusta que haya estaciones, que en invierno haga frío, en otoño niebla, en primavera llueva y salga el sol y que el verano siga siendo un maldito horno infernal. Si nos gustase que todo el año fuese igual nos iríamos a vivir al Caribe o a Abu Dhabi, por poner dos ejemplos dispares. Sí, qué raros somos. Leales a esta tierra y a sus estaciones del año, esa tradición tan reaccionaria.




No divaguemos más con el clima. Volvamos al principio. A comprar pan en la panadería, huevos en el mercado y torreznos en el bar de la esquina. A apoyarnos unos a otros, el pueblo. A ponérselo un poco menos fácil a los que nos quieren esclavos con mascarilla, trabajos 24/7, con pasaporte para salir del barrio, sin casa, sin coche, siervos felices que comen algas, polvo de grillo y juegan a la Play. 


Cada día lo tengo más claro. Si hacer lo correcto es no ser normal, sea. No, no somos normales. Ni falta que nos hace. 






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